Hola, amigos del blog:
He tardado casi un año en escribir este post. Quizás porque algunos relatos necesitan tiempo para ser contados y, sobre todo, para encontrar las palabras adecuadas.
Confío en que la espera haya merecido la pena, porque lo que voy a compartir con vosotros es una de esas historias que no deberían perderse.
Hoy nos resulta sorprendente pensar que, en un pueblo tan pequeño como Arbeteta, surgieran tres vocaciones religiosas: Pedro López Blasco, Saturnino Costero Alonso y Luis del Amo Martínez. Tres jóvenes, tres familias distintas y, detrás de cada una de ellas, unas circunstancias que marcarían para siempre sus vidas.
Los otros dos protagonistas, por desgracia, ya han fallecido. Por eso, hoy quiero contaros la historia de uno de ellos: la de Luis del Amo Martínez.
Una poesía que cambió el rumbo de su vida
Luis del Amo Martínez nació en Arbeteta el 8 de junio de 1940, apenas un año después de terminar la guerra civil. Fue hijo de Antonio del Amo López, conocido por todos en el pueblo como el tío Forrajes, y de María Luisa Martínez Palacios, a quien llamaban cariñosamente la tía María Luisa.
Creció en una familia numerosa. Tuvo siete hermanos: Tomás, Felisa, Cristina, Flora, Manuel, Julio y Vicente, además de su hermano gemelo, Antonio. Luis y Antonio ocupaban el sexto lugar entre los hijos. Sin embargo, la vida de Antonio fue muy breve, falleció cuando apenas tenía seis meses de edad.
Nadie podía imaginar entonces hasta dónde le llevaría la vida a aquel muchacho, ni siquiera a él mismo. Primero, el seminario; después, las misiones en Colombia; y, más tarde, de nuevo en España, donde continuaría dedicando su vida a la educación y a la Iglesia.
Pero empecemos por el principio, allí donde todo comenzó, con algo tan sencillo como una poesía recitada bajo el olmo, delante del obispo.
Era el año 1951. En aquella época, los niños recibían la confirmación a los diez u once años; algunos años después, esta edad se retrasaría hasta los dieciséis. Luis se estaba preparando para ingresar en el bachillerato junto con Fernando Montón y Zacarías Montón. Los tres estudiaban con don Ginés, el maestro del pueblo, todo un personaje que, sin duda, bien merece una historia aparte. También ayudaba en la iglesia como monaguillo, junto con Fernando.
Aquel año, con motivo de la visita del obispo al pueblo para administrar el sacramento de la confirmación, don Ginés eligió a nuestro protagonista para recitar una poesía de bienvenida y agasajar así al obispo. La poesía se la había facilitado Dorotea Alonso, madre de otro joven de Arbeteta, Saturnino Costero, que, cuatro años mayor que Luis, había marchado años antes al seminario.
Recitó la poesía con tanta soltura, viveza y gracia que consiguió llamar poderosamente su atención. El obispo era don Inocencio Rodríguez Díez, natural de León. Después tuvo lugar una comida en la casa del cura, donde el obispo se hospedaba. La tía María Luisa, madre de Luis, estaba allí ayudando a servir la mesa. En un momento de la comida, don Inocencio se dirigió a ella y le preguntó por qué no enviaba al muchacho al seminario. Aquel niño, despierto e inteligente, le había impresionado y pensaba que debía tener la oportunidad de recibir una buena educación. La respuesta de María Luisa fue sencilla y sincera: la familia no tenía recursos económicos para costear unos estudios de ese tipo. El obispo le contestó que eso no debía ser un impedimento y se ofreció a pagar sus estudios.
Y así fue como aquella poesía terminó cambiando el rumbo de su vida. Luis tenía entonces once años.
De Arbeteta al seminario
Ingresó en el Monasterio de Uclés (Cuenca ) que había abierto sus puertas en octubre de 1949, como seminario menor, bajo la advocación de Santiago Apóstol, después de finalizar su etapa como prisión y ser restaurado por el Servicio Nacional de Regiones Devastadas.
En aquellos años, los límites de las diócesis no coincidían con los provinciales. En esta zona, el río Tajo constituía una importante referencia geográfica: los pueblos situados en su margen derecha, como Arbeteta, pertenecían a la diócesis de Cuenca, mientras que los de la margen izquierda correspondían a la de Sigüenza. Por este motivo, Luis fue destinado al Seminario de Uclés; de haber estado Arbeteta en la margen izquierda del Tajo, su destino habría sido el Seminario de Sigüenza.
Esta situación cambió en 1955, cuando la Santa Sede reorganizó los límites de varias diócesis españolas para hacerlos coincidir con los provinciales. Arbeteta pasó entonces de la diócesis de Cuenca a la de Sigüenza y, desde ese momento, los niños del pueblo que ingresaban en el seminario serían enviados a Sigüenza.
En Uclés coincidió con Saturnino, cuatro años mayor que él. Pedro, el mayor de los tres, ya se encontraba estudiando en Cuenca. Permaneció en Uclés durante dos cursos, después, continuó sus estudios en el Seminario de Sigüenza. Para que pudiera seguir estudiando en Sigüenza, su madre tuvo que acudir al obispo para solicitar una beca. En aquellos años, sacar buenas notas, podían abrir la puerta a estas ayudas, que resultaban fundamentales para las familias.
Qué estudiaba Luis en el seminario?
La formación que recibió en el seminario comprendía un total de doce cursos: cinco de Humanidades, cuatro de Teología y tres de Filosofía. A estos últimos, además, él añadió otros dos cursos más. Durante aquellos años, además de seguir los estudios propios del seminario, estudió también magisterio, a escondidas. Sin embargo, no se presentó a los exámenes para obtener el título. Para entonces, ya había tomado una decisión que marcaría el resto de su vida.
La decisión de convertirse en misionero
Sentía que su lugar no estaba en una parroquia española, llevando la vida de un sacerdote como la que había conocido desde pequeño. Había en él otra inquietud. Era curioso, tenía un carácter abierto y, sobre todo, sentía una gran atracción por todo aquello que estaba más allá de su mundo.
Todos los años llegaban al seminario misioneros que regresaban de distintos lugares del mundo para hablar con los seminaristas. Les contaban sus experiencias, hablaban de las personas con las que habían convivido, de las dificultades que habían encontrado y de la labor que realizaban. Después, les mostraban diapositivas de aquellos países lejanos. Aquellas imágenes despertaban su imaginación. Le hablaban de lugares que no conocía, de pueblos con otras costumbres, otras lenguas y otras formas de entender la vida.
Durante los últimos años de sus estudios fue pensando cada vez más seriamente en la posibilidad de marcharse, no fue una decisión tomada de un día para otro. Lo tuvo claro: quería ser misionero. Sabía que su familia no iba a aprobar fácilmente su decisión, pero, aun así, decidió seguir adelante. Había llegado a un punto en el que sentía que debía intentar cumplir aquello que verdaderamente deseaba.

El primer paso fue hablar con el rector del seminario. Después tendría que hacerlo con el obispo, ya que, sin su autorización, no podía marcharse. En su mente tenía un destino concreto: Japón. Le atraía especialmente aquel país, quizá porque era tan lejano y diferente de todo lo que había conocido hasta entonces.
Sin embargo, pronto comprendió que los seminaristas no eran quienes decidían dónde serían destinados. Eran enviados allí donde se consideraba que eran necesarios. Japón podía ser un deseo, pero no una elección que dependiera de él. Antes de partir todavía le esperaba una etapa fundamental: prepararse para la vida misionera.













































