Los sacerdotes de Arbeteta: Luis del Amo Martínez (2ª parte)

Los años de preparación en Burgos

Y la historia continuó. Luis se trasladó a Burgos para ingresar al seminario de misiones, donde se formaría durante seis años. Allí cursó los estudios eclesiásticos superiores de Filosofía y Teología, complementados con una formación específica en Misionología. Esta disciplina no se limitaba a la enseñanza de la predicación, sino que ofrecía una profunda reflexión teológica y práctica para que el futuro misionero conociera a fondo la sociedad, la cultura, la historia y la realidad concreta de los pueblos a los que iba a ir. Como parte de la preparación, también estudió idiomas: en el seminario había recibido formación en francés y, posteriormente, se preparó en inglés ante la posibilidad de que fuera necesaria en el país al que finalmente fuera destinado.

Al seminario llegaban jóvenes procedentes de todos los lugares de España, unidos por una misma inquietud y una profunda vocación. Los posibles destinos se encontraban principalmente en África, América Latina y Japón. A Luis le habría gustado especialmente que su destino fuera Japón. También destacaba por su facilidad para las matemáticas. Era un buen estudiante y tenía una especial habilidad para los números. Dada su valía, el obispo le propuso que permaneciera en el seminario, pero decidió seguir adelante con su vocación misionera.

Para poder realizar aquella formación contó con dos becas. Una procedía del Ministerio de Educación y la otra de una familia burgalesa que decidió ayudarle económicamente y hacerse cargo de los gastos de sus estudios durante aquellos años. Ahora las notas no eran importantes; no contaban para la beca.

Seis años después, su preparación llegó a su fin. Había llegado el momento de dar el siguiente paso: dejar atrás España y comenzar su vida como misionero.

Y entonces llegó la noticia: su destino sería Colombia. Un destino que no era el que había soñado. Pero no era él quien elegía.

Estaba decidido: iría a Colombia.

Ayapel, Medellín y Bogotá

No iba solo. Partió junto a otros cuatro compañeros. Eran cinco jóvenes que dejaban atrás España para comenzar una nueva etapa de sus vidas. Se embarcaron en el puerto de Vigo (Pontevedra) el 14 de febrero de 1967, en el Satrústegui (originalmente bautizado como Explorador Iradier en 1948 y adquirido en 1952 por la Compañía Trasatlántica Española); era un buque mixto de pasaje y carga general. Estos barcos seguían rutas estrictas para transportar mercancías como el café colombiano hacia Europa y productos manufacturados o maquinaria hacia América.

El viaje duró un mes; toda una odisea. Llegaron al puerto de Cartagena de Indias. Para su identificación, estuvieron un día entero en el barco, pero el viaje todavía no había terminado. Para alcanzar el lugar de Ayapel, tuvieron que continuar el trayecto primero en coche —un jeep— y más tarde por vía fluvial por el río San Jorge. Iban en barcos y también en canoas, adentrándose en una zona muy pantanosa y de difícil acceso por su densa vegetación.

Llegaron a su destino: la ciudad de Ayapel, localizada en el extremo oriental del departamento de Córdoba. Está bañada por el río San Jorge y rodeada por la gran ciénaga de Ayapel.

Ayapel fue la sede fundacional y el centro de operaciones en el mapa de Colombia para la misión de los sacerdotes españoles del Instituto Español de Misiones Extranjeras (IEME), popularmente conocidos en la región del San Jorge como los «Padres de Burgos».

Los primeros años fueron especialmente duros. Sin luz eléctrica ni agua corriente, la población moría de enfermedades y de picaduras de serpientes. Luis se encargaba de una parroquia y, cada fin de semana, se desplazaba en barca hasta los poblados más lejanos para llevar la palabra de Dios y difundir el mensaje cristiano.

La dureza del entorno hizo que contrajera la malaria, llegando a estar bastante grave. Al verlo tan enfermo, el obispo lo envió a un hospital de Medellín para que lo atendiera un médico. Esa dolencia lo acompañó durante cinco años; sin embargo, a pesar de la enfermedad, nunca abandonó su misión.

Desde el principio hubo algo que le llamó especialmente la atención: se daba cuenta de que muchas personas negras no entraban en la iglesia y tampoco parecían participar en los matrimonios religiosos. Aquello le hizo reflexionar y preguntarse por qué ocurría. No quería limitarse a juzgar desde sus esquemas culturales ni dar por hecho que su manera de entender las cosas era la única válida. Se preguntaba si aquella actitud podía estar relacionada, entre otros factores, con la historia de esas comunidades y con el pasado de esclavitud que habían vivido; de ahí el rechazo a las normas impuestas y a las instituciones, como la Iglesia y el matrimonio. Fue entonces cuando decidió estudiar Antropología. Como en Medellín la universidad estaba cerrada, se trasladó a Bogotá, pero las cosas no resultaron como pensaba y lo dejó para estudiar Filosofía civil (durante cinco años) en la Universidad Javeriana, perteneciente a la Compañía de Jesús. Allí comenzó una nueva etapa de su vida: sin dejar el apostolado, dio clases de inglés y matemáticas, y volvió a estar en contacto directo con niños y jóvenes a través de la enseñanza.

La educación fue adquiriendo cada vez más importancia en su trabajo. Por eso, allí donde desarrollaba su labor, procuraba fundar un colegio y una iglesia. El colegio representaba la posibilidad de que aquellos niños recibieran una educación y tuvieran oportunidades diferentes en el futuro. La iglesia era, a su vez, el lugar desde el que desarrollar su labor pastoral y acompañar a sus gentes. Pero su trabajo no se desarrolló únicamente en lugares donde las condiciones eran relativamente favorables; quiso acercarse también a quienes vivían en los lugares más pobres y conflictivos. Llevaba ya 20 años en Colombia. Así llegó al Rincón de Suba, en los suburbios de Bogotá, donde entró en contacto con los llamados gamines: niños y jóvenes que vivían en las calles bajo condiciones de enorme pobreza y desamparo. Creó una iglesia y un colegio para que pudieran estudiar hasta bachillerato. Era muy querido por la gente. El dinero para la financiación de este proyecto lo sacaban de Austria y Alemania.

La gallada. De la serie «Gamines en Bogotá»

Aquella experiencia tuvo que ser especialmente dura. Habían pasado ya muchos años desde aquel niño de Arbeteta que había recitado una poesía ante el obispo bajo el olmo. Ahora, aquel mismo niño, convertido en sacerdote y misionero, estaba a miles de kilómetros de su tierra. En total, permaneció alrededor de treinta años en Colombia: años de dificultades y de aprendizaje que marcarían profundamente su manera de entender y practicar el sacerdocio. Al principio, la visita a España para volver con su familia era cada ocho años y, después, cada cinco; además de estos viajes, regresó en otra ocasión en la que estuvo tres meses como representante superior de Colombia. Allí coincidió con antiguos compañeros de curso, convertidos también en los delegados de Japón y de África. Los compañeros que iban a África eran más conservadores que los de América Latina.

A finales de 1985 regresó a España definitivamente. Su primer destino fue la parroquia de San Germán, en la calle Orense, donde ejerció como ayudante; allí tenía que estudiar a escondidas. Cursó los estudios de Derecho civil y canónico a través de la UNED y en la Universidad de Salamanca, asistiendo únicamente a los exámenes. Posteriormente, obtuvo el doctorado en Derecho Canónico en la Universidad Pontificia Comillas (ICADE), llegando a ser el único sacerdote que ejercía como abogado en Madrid. Las parroquias en las que ha estado al frente como párroco son San Gabriel Arcángel, San Federico, San Juan María Vianney, Santa María la Mayor y la Cena del Señor; además, estuvo de capellán en el colegio Pino Sierra.

Para cerrar este repaso por la trayectoria de su vida, cabe destacar que hay algo que nunca ha cambiado: su profundo amor por su pueblo y su familia. Por eso, cada fiesta de San Antonio, Luis regresa a sus raíces y nos regala esas homilías suyas tan gratificantes, que tanto nos llenan y que siempre buscan unir a la gente.

¡Gracias, Luis, por la dedicación de toda tu vida!


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