Un mozo de Arbeteta en las trincheras del Rif (2ª parte)

Como continuación de nuestro post anterior, cuando Dionisio y el resto de los quintos llegaron al territorio rifeño fueron identificados, recibieron su uniforme y las primeras instrucciones básicas. En la zona rifeña las condiciones eran especialmente malas: armamento obsoleto, corrupción, falta de suministros, enfermedades como malaria, tifus o tuberculosis, y una elevada mortandad tanto por combate como por las condiciones insalubres. Pasaron varios meses antes de entrar en acción. No se trataba de una guerra convencional, sino de un conflicto marcado por emboscadas, guerrillas y escaramuzas contra las tribus del norte. En aquel frente, la consigna era simple y brutal: matar o morir. Dionisio recuerda cómo corrían entre heridos y cadáveres, sin otro pensamiento que huir de aquel infierno.

Tropas españolas. Marruecos 1923

A pesar de todo, logró salir de muchos peligros a lo largo de los tres años que estuvo destinado allí. ¿En qué pensaba Dionisio, aparte de la guerra? Su mayor deseo era tener un oficio, y lo consiguió: le enseñaron a conducir vehículos motorizados, una auténtica proeza hace un siglo. También aprendió a ser patriota y se sintió feliz de servir a España, un sentimiento que conservó durante toda su vida. Sin embargo, le dolía profundamente la pobreza que sufrían. Veía de cerca cómo los franceses estaban bien equipados, mientras que ellos, en cambio, combatían con simples alpargatas.

Tropas españolas en Marruecos. 1925

Por fin cumplió el periodo reglamentario y fue licenciado. Y dejó atrás aquel soldado del cuerpo de Regulares, con uniforme color caqui, gorro y capa blanca ondeando al viento para protegerse del sol africano. Su hija Lucía todavía se emociona al ver un desfile. En ese momento, piensa en su padre: allí va, en cada paso marcial, el espíritu de aquel solitario mozo de Arbeteta que luchó en otro continente.

Volviendo a nuestra historia, Dionisio regresó a Arbeteta vestido de soldado y estrenando unas botas nuevas, compradas con el dinero de su soldada: 9 pesetas. Era el 26 de septiembre de 1926, una fecha señalada para la familia, pues ese día nació la primera nieta y sobrina, Benita López Blasco, «la Benita«, hija de Mariano, el mayor de los hermanos. La alegría fue general y hasta Curiri, el perro de la casa, saltaba de entusiasmo.

Dionisio López Cortés

Poco después, Dionisio decidió marchar a Madrid, propósito que ya tenía en mente. Allí entró a trabajar como chófer para un señorito, conduciendo un Ford T con el que, en ocasiones, lo acompañaba a las cacerías.

Coche modelo Ford T. año 1926

En 1928, un decreto del gobierno dispuso compensar a los pocos supervivientes de la guerra de África, ofreciéndoles un puesto en distintas administraciones, tras superar las pruebas correspondientes.

Dionisio consiguió una plaza como conductor en el Ayuntamiento de Madrid durante una época convulsa para España, marcada por la creciente agitación política y social que desembocaría en la Guerra Civil (1936-1939). En 1938, fue movilizado a Alcalá de Henares y posteriormente enviado al frente de Aranjuez, donde, por segunda vez, la fortuna le escuchó y logró salir con vida.

Tuvo una vida familiar afortunada. Se casó en Arbeteta el 22 de noviembre de 1929 con Purificación Alonso Alonso, “la tía Pura”. Como ella tenía entonces 22 años y la mayoría de edad se alcanzaba a los 23, necesitó un tutor que autorizara el matrimonio. De esta unión nacieron tres hijos —Lucía, Nory y Santos—, todos ellos en Madrid, donde el matrimonio estableció su hogar.

Su carrera profesional evolucionó desde un simple conductor hasta alcanzar un puesto de jefe en el parque móvil del ayuntamiento de Madrid. Dionisio llevó en su corazón la etapa de soldado hasta el final de sus días, a pesar de todas las calamidades que tuvo que pasar.

Dionisio López Cortés

Reitero los agradecimientos a su hija Lucía, ya que gracias a sus notas, he podido hacer este relato.

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